Una Caida de Mas(iado)

Era un día típico de invierno en Xalapa, un chipi chipi que empapaba hasta los huesos y las calles mojadas, incluso la Calle de Revolución que tomaba yo cada tarde para ir a la Alianza Francesa donde daba yo clases. Yo sabía que el camino iba a ofrecer cierto reto, puesto que las piedras volcánicas de la banqueta estaban resbalosas, y hasta cubiertas de musgo por partes. Pero emprendí mi camino con confianza, no queriendo faltar a mis obligaciones. A decir la verdad, me encantaba mi trabajo. No era cuestión de regresar. Desde luego, en Xalapa todos saben que la lluvia es parte de la vida y a nadie se le ocurriría quedarse en casa un lindo día de chipi chipi.
A penas empecé a bajar la calle, me resbalé y me caí duro. Un joven que andaba detrás de mí, se apresuró para ayudarme. Le di las gracias y seguí mi camino. Di unos pocos pasos más y me caí de nuevo. El mismo joven, que aun andaba atrás de mí, llegó de nuevo a mi ayuda y me levantó. Yo estaba empezando a sentirme incomoda, y un poco avergonzada, pero me aseguró el muchacho que no debía sentir pena, que todos sabíamos lo resbaloso que se ponían las piedras en un día similar. Seguí caminando, con el joven a unos pasos atrás.
Mi falda ya lucía una mancha grande de lodo verdusco, pero yo, con el espíritu de un Don Quijote que no se sabe vencer, iba a llegar a mi clase cueste lo que cueste. Se me estaba haciendo tarde y me apresuré un poco, ahora sosteniéndome con las barras de las ventanas. Ni lo van a creer! Me caí otra vez! Mi joven caballero no tardó en ofrecerme el brazo para levantarme, esta vez sin que nos dirigiéramos una sola palabra. Sin duda los dos nos estábamos preguntando si esa comedia iba a terminar.
Pues yo, con mayor determinación, y con la seguridad de que con tres caídas ya, seguramente había cumplido con mi cuota para el día, me puse a caminar como si nada, recorriendo hasta varios metros sin novedad, siempre aferrada a las barras y pisando con cuidado piedra por piedra. Pero el Tlaloc no me quiso mostrar compasión: Mi pie encontró una piedra “enemiga” ….y me caí por cuarta vez! Con una expresión de incredulidad, mi caballero me pasó sin echarme ni siquiera una mirada, y siguió calle abajo. La cortesía, al parecer, tiene sus límites!
Yo, con la falda llena de lodo, las medias rotas, y una rodilla lastimada, me levanté, di vuelta, y sin pensar más, regresé a casa. La perseverancia tiene sus límites también!

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